18-11-2021

En las elecciones de Argentina ganó el descontento social

Por Hugo Alconada Mon (*) – Columna de The Washington Post

Argentina celebró sus elecciones de medio término el domingo 14. ¿El resultado? Fue lo de menos, al menos para oficialistas y opositores, quienes se disputan desde entonces la corona retórica del triunfo. Los primeros porque mejoraron mucho su porcentaje respecto a las elecciones primarias de septiembre; los segundos porque obtuvieron más votos que el rival. Pero ni unos ni otros aluden al elefante en el salón: el descontento social.

Solo 71% de los argentinos concurrió a votar. Esto puede parecer un porcentaje elevado en otros países de América Latina, pero no en la Argentina, donde el voto es obligatorio. Representa el porcentaje más bajo de votantes desde el retorno de la democracia en 1983. Y a ese número hay que sumarle los votos en blanco y nulos, que significaron otros tres puntos, y los de aquellos que migraron hacia los bordes del sistema y votaron por opciones extremas. Sumados, cuatro de cada 10 argentinos desprecian el sistema o, incluso más, pasan de él.

Tan fuerte resulta ese dato que solo se compara con lo que ocurrió en las semanas previas a la gran crisis de 2001, cuando todo voló por los aires en Argentina: desde la economía a los presidentes, de los cuales llegamos a tener cinco en poco más de una semana.

En aquella elección de 2001, también de medio término, fueron a votar más argentinos que este domingo, aunque con una salvedad: 73.7% acudió a las urnas pero muchísimos fueron a expresar su disgusto votando en blanco o anulando su voto metiendo fetas de fiambre (embutidos), caricaturas, papel higiénico e insultos dentro de los sobres. Fue tan alto aquel voto “bronca” que representó 20% del electorado.

Este domingo no hubo fiambres en los sobres, pero quizá eso sea peor, pues evidencia “un creciente porcentaje de personas que no encuentra respuestas en el Estado, ni en el sistema representativo y que, así como bajó sus brazos y dejo de buscar trabajo, también dejó de votar”, me dijo en entrevista el politólogo Alejandro Tullio.

Tullio fue la máxima autoridad política para las elecciones en Argentina durante 15 años, desde aquel aciago 2001, lo cual le da un punto de referencia ineludible. “Lo que estamos viendo es una abstención alta cuando debería ser todo lo contrario. Debería haber mayor interés por las elecciones porque las cosas no andan bien”, dice. “Pero la bronca con el gobierno no se canalizó en las opciones tradicionales. El descontento migró hacia la apatía y hacia la izquierda y derecha (extremas)”.

Los datos muestran el panorama complicado que asola al país. La inflación interanual supera 52% y la pobreza alcanza a 40% de la población —crece a 54% entre los menores de 14 años—, con una tasa de desempleo de 9.6% y, aunque la economía muestra signos de recuperación tras años de estancamiento, los analistas —de Wall Street, el Fondo Monetario Internacional e incluso de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos— avizoran problemas serios para 2022.

“La baja participación responde al enojo de los argentinos con la clase dirigente, además de que el contexto económico y social no invita a ir a votar”, me dijo el director de la consultora Synopsis, Lucas Romero, quien aporta un indicativo de lo que se vive en la Argentina: “El promedio de las imágenes positivas y negativas de las principales figuras políticas se acercaba al 0 en 2019; pero a mediados de este año bajó a -26 puntos. Se hundieron todos”.

Ese contexto de disgusto o franco rechazo a los liderazgos tradicionales impulsaron el crecimiento de otras opciones, más extremas. Tanto de la izquierda, que este domingo se convirtió en la tercera fuerza nacional mediante el Frente de Izquierda; como desde la derecha libertaria, que con Javier Milei se ubicó tercera en la ciudad de Buenos Aires, con 17% de los votos.

El frente de izquierda propuso reducir la jornada laboral a seis horas, unificar los sistemas público y privado de salud, estatizar los servicios públicos y la renta petrolera y minera, y prohibir los despidos. En el otro extremo, Milei planteó “volar por los aires” el Banco Central, achicar el sector público, desregular el mercado legal de armas de fuego y la deportación inmediata de los delincuentes extranjeros, entre otras propuestas.

En el pasado ya hubo otros candidatos en la Argentina que buscaron encarnar una tercera vía, por izquierda o por derecha. Pero con una diferencia notable: aquellos compitieron para reformar el sistema, no para implotarlo. Ahora, Milei emula al presidente brasileño, Jair Bolsonaro, afirmando que quiere “pelear contra el sistema desde el sistema”. ¿Cómo sería eso? Según sus propias palabras: entrar en la política “para terminar con la casta política que nos empobrece”.

Esperemos que los líderes políticos reaccionen o puede resurgir con fuerza aquel cántico que dominó 2001 y 2002, cuando millones cantaban “¡Que se vayan todos!” sobre la clase gobernante. El problema es que el tsunami de descontento y desidia actual también puede barrer con la democracia al ampliar la brecha entre la ciudadanía y la política. El presidente Alberto Fernández y el jefe de Gobierno de Buenos Aires, Horacio Rodríguez Larreta, han dicho que escucharon los reclamos de la gente. Pero deben pasar de las palabras a las acciones. Deben reaccionar ante el elefante y solucionar los problemas que nos hunden desde hace décadas. Para eso los votamos. Si no lo hacen, el riesgo es demasiado alto.

(*) Abogado, prosecretario de redacción del diario argentino “La Nación” y miembro del Consorcio Internacional de Periodistas de Investigación.