14-07-2015

Tanta gente y el desierto

Por Juan Rezzano (*)

Juan RezzanoHace años que la veo ahí, en la puerta de la sucursal del Banco Hipotecario de Reconquista 151. Siempre es la misma escena: ella dice un discurso exaltado, de protesta, algo destartalado; los que pasan hacen como que no la ven ni la escuchan –lo raro, lo no normal incomoda porque no se ajusta a las pautas que garantizan la comodidad de lo predecible.

Se viste sin gracia pero con ropa buena y bastante nueva. Incluso lleva una carterita. El pelo muy lacio, peinado con raya al medio y recogido en una cola de caballo, está bien teñido de un caoba oscuro. Su cara, libre de maquillajes, tiene una sombra de tristeza y una tensión de enojo acumulativo, diariamente cebado en esa rutina verbal que es un torbellino.

Ella habla sola. Parece que busca un interlocutor -como que encara al que se le viene de frente para ametrallarlo con sus penas y sus iras-, pero su mirada lo traspasa y su verborragia se pierde en el aire. Vuelve sobre sus pasos. Irgue su dedo índice para acusar -y acusa, con fiereza y con ternura. Mueve sus brazos como esos muñecos inflables de los lubricentros. Le pone el cuerpo a su histriónica tragedia cotidiana cuando imita, exagerando gestualidades, a los que pasan haciendo como que no la ven ni la escuchan. De vez en cuando, cuando se le cansa la gola, escupe en el cenicero de la puerta del banco. Y sigue.

Juan Rezzano - Tanta gente y el desiertoHoy la vi otra vez y no quise volver a ser uno más de los que hacen como que no la ven ni la escuchan. Sentí que una puta vez tenía que prestarle atención. Ofrecerme de interlocutor para que, al menos por un rato, un día, no hablara sola. Me paré delante de ella y la miré de frente, a los ojos, como diciéndole dale, a ver, ¿qué carajo te pasa/te pasó? Contame tu condena / decime tu fracaso. No quiso. O no pudo. O quiso/pudo de a ratos. Nos conectamos de a ratos. De a ratos me miró de frente, a los ojos, y me hizo pensar que me hablaba a mí. Incluso se me acercó más y achinó los ojos como enfocando en los míos. Pero una y otra vez se fue en busca de otros interlocutores que la rechazaban mientras ella los esquivaba. Se iba varios pasos para la esquina de Perón y cruzaba por delante de mí otra vez en su camino hacia la esquina de Mitre. Diez metros para un lado, diez para el otro. Y volvía a hablarme a mí –aunque no sé si realmente me veía- y se iba otra vez.

Primero (me-nos-se) contó algo de su historia con una ráfaga de imágenes desordenadas.

Tengo ocho hermanos / Somos una familia común y corriente / Mi padre no me violó / Nunca vi a mi padre en el living / Y eso que no era una casa muy grande / Vivíamos en una casa como cualquier otra, en una esquina / Nunca me besé en la boca con mi prima / A los tres años hacía dibujos en la calle / A los seis años mi madre me ponía el guardapolvo y me mandaba a la escuela / Caminaba sola por la plaza con el guardapolvo / Mi madre no hablaba con la maestra / Nadie habla con nadie / ¿Cómo se puede vivir sin hablar con nadie?

A esa altura –en realidad, desde que la veo y la escucho diciendo su discurso exaltado en la puerta de la sucursal del Banco Hipotecario de Reconquista 151- quería saber más. Quería que (me-nos-se) contara qué carajo le pasa/le pasó. Pero el relato naufragaba en un río picado. Que la ciudad es ideal para algo que no alcancé a escuchar por el chirrido de la alarma de una cochera que anunciaba la salida del algún auto. Que todos estos hacen alguna cosa que no alcancé a entender por la coincidencia de dos motores: el de una moto y el de un camión de caudales. Y otra vez la queja por la alienación de los otros, que le pasaban por al lado haciendo como que no la veían ni la escuchaban. Pero no era ése el punto. Porque, al cabo, ella creo que prefiere hablar sola.

Toda esta gente que pasa (era mucha gente que pasaba entre ella y yo, por detrás de ella y por detrás de mí, haciendo como que no la veía ni la escuchaba) no habla con nadie / ¿Cómo se puede vivir sin hablar con nadie?

Hasta que al fin (me-nos-se) contó lo que yo, a esa altura, desesperaba por saber para poder entender qué carajo le pasa/le pasó.

No me dan trabajo / No porque sea fea / No porque sea vieja / No es cierto eso de los 50 años / Yo hace siete años que me cago de hambre / Me echaron de este banco / Fue un capricho / Un capricho / Y la gente que me echó está acá adentro / Yo quiero que me escuchen acá / No quieren escucharme / ¿Por qué no quieren escucharme acá? / Porque dicen que estoy loca.

Me puse otra vez los auriculares para encerrarme bien en mi propia alienación –más discreta, más pudorosa, como la de los otros normales que pasaban haciendo como que no veían ni escuchaban a la no normal- y me fui yo también hablando solo, pero para adentro. Le di plei al teléfono y sonó una canción de Las Pelotas.

Siento ganas

de salir sin ver más

tanta gente y el desierto…

(*) Periodista. Co-conductor de “El Cafecito”, por 221 Radio (103.1)