19-03-2017

Se vive la disputa entre actores de un modelo anacrónico y la nueva modernización del Estado

Por Sergio Berensztein (*) – Columna de la Agencia Telam

Sergio BerenszteinEl autor describe el enfrentamiento entre dos modelos de gestión a partir de los esfuerzo de Cambiemos por reformar el aparato estatal.


Esta coyuntura que atraviesa la Argentina se caracteriza por el protagonismo, la visibilidad y la capacidad de movilización de un conjunto de actores políticos, sociales y económicos que se fortalecieron enormemente como consecuencia de la reconfiguración del modelo Estado-céntrico que tuvo lugar a partir de la crisis del 2001.

Durante la segunda presidencia de Cristina Kirchner, este retorno a patrones anacrónicos de organización política característicos de décadas pasadas (1940-80) en el país y en la región, adquirió una dinámica singular: la radicalización ideológica y el aislamiento internacional.

Es esa constelación de actores la que reconoce un origen autónomo a los espacios del Estado: de hecho, son el resultado del fracaso en brindar políticas públicas universales que mitiguen el incremento del desempleo, la marginalidad y la pobreza que tuvo lugar en la segunda mitad de la década del ’90 y que se profundizó con la gran crisis de comienzos de siglo.

Pero así como el primer peronismo había cooptado, digerido y utilizado a buena parte del nutrido y diverso movimiento sindical surgido desde finales del siglo XIX, el kirchnerismo desplegó un esfuerzo similar con los grupos piqueteros. Esta enorme red de organizaciones, ideológicamente también muy variopintas, encontraron en el Estado una cobertura y una fuente casi inagotable de recursos económicos, políticos y, sobre todo, simbólicos.

Así, el impresionante incremento del gasto público que ocurrió entre 2006 y 2016, aproximadamente 10 puntos del PBI o 50 mil millones de dólares, explica la cristalización y consolidación de una red de organizaciones cuya lógica de acción colectiva suponía una mantenimiento de los problemas que habían motivado originalmente su surgimiento.

El kirchnerismo respondió a esta demanda desalentando a los sectores más competitivos de la economía (los agronegocios, la energía, la minería, el turismo, etc.) con un cocktail intervencionista y discrecional, que incluyó el atraso cambiario, el cepo, el proteccionismo y la inflación.

Paralela y consecuentemente, impulsó el desarrollo de una importante red de pequeñas y medianas empresas con escasa escala, pero enorme capacidad de generar empleo.

Las políticas de estabilización económica y la tímida apertura comercial instrumentada por la administración del presidente Mauricio Macri afecta la naturaleza misma de aquel singular e inestable modelo de acumulación: una combinación de capitalismo de Estado con, sobre todo, un club exclusivo de capitalistas amigos que garantizaban el enriquecimiento de la familia presidencial.

Esto hizo que se acumularan un número sin precedente de causas de corrupción, que han avanzado significativamente desde el cambio de gobierno y que comprometen seriamente el futuro de la familia Kirchner y de sus principales colaboradores.

La radicalización del conflicto social y, sobre todo, la medida de fuerza de los maestros bonaerenses, se explica, al menos en parte, también como una reacción desesperada de los núcleos duros del kirchnerismo, que apunta a desgastar a un gobierno nacional que sufre los embates de sus propios errores y los costos de una economía que no termina de arrancar.

Es cierto que el poder adquisitivo de los ingresos de los sectores más vulnerables ha caído, como siguen reflejando las cifras de consumo. También es cierto que el gobierno nacional no ha reglamentado hasta ahora la ley de Emergencia Social, votada por el Congreso en diciembre último, que le asegura un flujo de financiamiento muy significativo a los movimientos sociales.

Sin embargo, hay otra cuestión particularmente crítica que no puede soslayarse en este contexto: los ambiciosos programas de modernización del Estado que impulsa Cambiemos.

En efecto, esto amenaza con modificar de manera estructural la lógica Estado-céntrica antes mencionada. Se trata de construir un Estado transparente, con enorme respaldo tecnológico, con profesionales y funcionarios capacitados para para evitar el clientelismo y la discrecionalidad.

Si la Argentina es capaz de construir un modelo estatal semejante, implicaría un cambio de dimensiones revolucionarias. Y un salto cuantitativo y cualitativo en brindar bienes públicos esenciales, como seguridad, justicia, educación, salud, infraestructura y cuidado del medio ambiente.

Si, además, esto permite profundizar el potencial de crecimiento de los sectores más competitivos antes señalados, en un contexto de creciente estabilidad macroeconómica y sostenido aumento de la inversión, tanto doméstica como internacional, la Argentina estaría en condiciones de retomar la senda del desarrollo de la que se apartó hace demasiado tiempo.

El éxito potencial, entonces, de estos cambios que, con inexplicable timidez y mala comunicación, está impulsando el oficialismo destruye los fundamentos mismos del modelo Estado-céntrico que impulsó con aparente rápido éxito el kirchnerismo, pero que no logró consolidar, sobre todo debido a la derrota electoral del 2013.

Es esta disputa de fondo la que no debe soslayarse a la hora de analizar esta radicalización del conflicto social. Las elecciones de octubre son vistas por los principales actores, gobierno y oposición, como un plebiscito para la continuidad de las políticas impulsadas por Macri, y es por eso que, al margen de lo ocurrido estos días, es probable que este año sea uno de los más conflictivos de los que tengamos memoria.

Está en juego la supervivencia de actores que se acostumbraron al Estado y al proteccionismo para obtener rentas y beneficios que son imposibles de reproducir en un economía más estable, abierta y sana. Y está en juego también un proyecto modernizador y transformacional que prefiere refugiarse en argumentos culturales y en un marketing superficial, ignorando las características estructurales y hasta revolucionarias de por lo menos algunas de las iniciativas que está llevando a la práctica.

(*) Presidente de Berensztein®, consultoría y asesoramiento estratégico regional y analítico.